Un atolito, madre se antoja. Es invierno. Un cafecito. Una capirotada y tortas de camarón como en Semana Santa. Unos tamalitos de Navidad y fin de año. Tortillas tostadas en el carbón, con salsa picosa. Se antojan los abrazos y las palabras. El contarme lo que ha sucedido en el pueblo durante un año. Entre defunciones, bodas, quinceaños, muertes y abandonos. La cocina es el lugar de encuentro. La cocina es el lugar de lo tibio. El mejor lugar para estar en los inviernos. Cada año el encuentro. Las devotas palabras de cariño. Antes, el abrazo y sonrisas de bienvenidas. Mi madre me da un atolito caliente que me quema. Al dármelo me dice suave: despierta, estás soñando.
Por eso
Por eso, cuando yo quedo, en suspiros por la nueva vida, tomo una hoja seca arrastrada por el viento, su ocre color, y la humedezco, para esperar el milagro. Hay polen adherido. Y a veces suceden cosas que ni yo mismo creo. Brilla, sí brilla, como si tuviera nueva vida. Por eso me adelanto a las circunstancias, cierta lógica, la experiencia. Y sigo en camino con olfato para la aventura. Menester fijar algunas circunstancias, entonces escribo, doy señales de lo interno, emociones al caso, decisiones o desilusiones, o externas, como boleto sin número de asiento, sabrá Dios la compañía. En fin, no se da parte del todo, solo de algo en específico. La otra vez escribí sobre los tiempos. Me da por reflexionar sobre la muerte, esta viva soledad que me abraza grandilocuente. Se ha ido una gran persona, en las mismas circunstancias sin o con fama; sin o con dinero. Para variar, el caso es el mismo. Hemos de irnos como pretexto sin despedirnos. Por eso, suspirar es razón suficiente de amores con...
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