Un viejo rey mago
1. En el amanecer del día seis de enero, aparecían en el jardín huellas del paso de animales. Así fuere el jardín pisoteado, o la tierra un poco hendida como si hubiera pasado un camello, caballo y elefante: prueba palpable, tangible y observable de que los Reyes magos sí existen. Y lo mejor: había regalos debajo de nuestra almohada o debajo de la cama o a su lado, o a la sombra iluminada del árbol de Navidad. Por si las dudas, había boñiga de vaca junto a esas huellas que a mí me parecían falsas.
2. Los niños se la creen. Ya habían hecho con fea o bonita letra la carta que leería alguno de los tres Reyes Magos. Cada cual en su ilusión y fantasía había escrito el nombre del juguete, fuera algo sencillo o algo que estaba fuera de las posibilidades de sus padres. "Yo quiero un libro", "Yo una muñeca", "yo le pedí una alcancía". Y así iban desfilando los nombres de lo anhelado. Un carrito, patines, patineta, un Play Station, la Barbie con su auto, etc.
3. ¿Y en qué momento los niños se enteran que fueron sus padres, tíos o padrinos? De seguro que muy pronto. En la escuela primaria no falta el mayor, el más despierto, o al que sus padres le explicaron que no es verdad que haya Reyes Magos, que es un invento de mercadotecnia utilizado por el comercio para vender más los días previos.
4. Y así se dividen las opiniones de quienes están de acuerdo en mantener la ilusión y la fantasía, y quienes están seguros que es mejor que los niños sepan desde mucho antes de la inexistencia de esos personajes. Lo cierto es que los días previos al seis de enero los comercios están abarrotados de padres y madres de familia que buscan un descuento, que buscan un menor precio, para que les alcance y puedan adquirir los juguetes que les permitan llevar alegría a sus hijos, sobrinos o nietos.
5. Los niños son inteligentes. Se daban cuenta, por ejemplo, que pedían un juguete y les traían otro. "Es que como tienes fea letra, se confundieron". El niño buscaba el juguete y no encontraba nada. "Es que te portaste mal", respondía triste el padre. Y así se iban acumulando las razonables dudas y las seguras certezas sobre la existencia o no de esos tres personajes.
6. Los niños perspicaces se quedaban despiertos lo más tarde posible para ver el arribo de los reyes Magos. Los más, se iban a dormir temprano con la amenaza de que "si están despiertos no les traerán nada". Cada quien en su memoria de infancia guarda algunos recuerdos como joyas, por la alegría de los regalos recibidos. Y la reflexión tardía del esfuerzo que hacían sus padres, padrastros o madres solteras por llevarles un juguete.
7. Yo fui de los niños que me hacía el dormido. "Ya me voy a dormir", decía como a eso de las 8 de la noche. Y estaba con los ojos cerrados el más tiempo posible. Y al escuchar algún ruido, entreabría los ojos para tratar de ver a los tales Melchor, Gaspar o Baltazar. Pero me ganaba el sueño. Y mis dudas sobre su existencia permanecerían otro año más. Pero, oh sorpresa. Al día siguiente sin que nadie se diera cuenta andaba como un investigador secreto buscando las huellas, que sí encontraba en el breve jardín de la casa.
8. Que yo recuerde, no hubo día seis de enero que no recibiera una bolsita de dulces y un regalito, por más modesto que fuera. Ya de adulto le preguntaba a él, a mi rey mago, sobre cómo le hacía para tener el dinerito que invertía en los juguetes. Y él socarronamente se reía sin decirme el secreto. Ya no que él era el rey mago, sino cómo conseguía el dinero. Yo supongo que ahorraba. Y en lugar de comprarse zapatos, cinto o camisa nueva, lo invertía en los baleros, trompos, carritos, soldaditos de plástico o plomo, pistola de agua, etc. También mis hermanas recibían sus muñecas.
10. El rey mago Juan, ya retirado de sus andanzas, ahora abuelo, compraba algunos regalos para mis hijas, cuando ellas andaban en esas edades de la infancia -de entre el nacer y los 12 años. Y cuando estábamos en diciembre por Matamoros, que cada año hacía yo el esfuerzo económico de visitarlos (en vida, hermanos), siempre tenía un regalito para ellas. Ayer nos acordábamos. Nos saquearon la casa hace como quince años. Y entre lo robado estaban las cadenitas que amorosamente él les había regalado como de Rey mago abuelo.
11. Y tratando de sacarle el secreto de su papel de rey Mago cuando yo era niño, le digo que yo también seguí su tradición de fabricar huellas de elefante, caballo y camello en el jardín, incluyendo excremento de vaca. Él se me quedaba viendo y con una sonrisa escondida, me respondía: "tú estás loco, yo nunca hice eso".

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