De mi niñez
1
Cuando ando sin tema, en días de seca literal, siempre hay un buen lector o lectora que me hace recomendaciones y se lo agradezco. Mientras escribo doy un trago a mi buen café, siempre en mi memoria y en mi paladar. Me reanima y me pone en disponibilidad de andaractivo y en ensueños por la vida. Nunca olvidar el buen café, el mejor. Entonces recuerdo las sugerencias que me hacen y agradecido me someto a esa ruta planteada. me dice una amiga: "escribe sobre tu niñez". Y me dispongo a hacerlo. Como una especie de invocación al pasado, en esa niñez a la que uno vuelve para retirarse finalmente, como un remontar el vuelo y llegar al punto del inicio, como un círculo, ciclo de vida.
2
En el inicio yo aparecí en el séptimo parto de mi madre. De los anteriores quedaban cuatro vivos. De estos dos mujeres y dos hombres. Luego yo. Y después de mí, tres más, mujeres nobles, de buen corazón, bellas y trabajadoras. Mi infancia fue de convivencia entre mujeres porque mis dos hermanos mayores andaban siempre juntos por su diferencia de edad de dos años y de ellos conmigo, diez. Si ellos andaban en los veinte años yo tenía diez, y por lo tanto ellos andaban en bailes y neverías, billares, descubrieron juntos el alcohol. Yo por mi edad andaba con mis hermanas, lo cual me dio una formación de mayor empatía con las mujeres en general, y de amor profundo con mis hermanas, siendo la mayor de todos nosotros, como una segunda madre.
3
Nuestro patio de juegos era un lote de 10 por 20 metros, suficientes para casa y espacio para juegos. Y aparte jugábamos asimismo en el callejón, al frente de nuestra casa, pocos carros pasaban y lo hacían con sumo cuidado. En el patio había varias plantas, el mezquite, árbol añoso que aún se conserva. Había asimismo árbol de guayabas, de moras, plátanos e higos. Y plantas de flor como laurel rosa y geranios de varios colores. Destacaba, por eso lo escribo aparte un grande pino canadiense en el centro del solar, que mi padre adornaba para los días decembrinos con tiras de foquitos multicolores, que en la pobreza de casa, les ganaba a todos los vecinos como el árbol de navidad vivomás grande de la colonia.
4
En las mañanas mi padre salía al trabajo de jardinero. Entre semana se iba a las cinco de la mañana, para llegar al café la Jarocha, que estaba frente a la plaza Allende. Allí se reunía con sus amigos y de allí a las 7: 30 se iba a sus trabajos. Solo los domingos se iba a las 8 de la mañana. Y yo me aferraba a su pantalón con fuerza tal gritando que yo también quería ir al "tabaco". Por eso sus amigos, vecinos de casa, me dejaron ese apodo hasta la adolescencia. "Ya está grande el tabaco", decían al verme como estudiante de secundaria y Normal.
5
La música llegaba a casa en discos de vinilo. Uno de mis hermanos no podía vivir sin música en el oído. Llegaba jubiloso las tardes de los viernes o sábados con un disco, y sacaba su pequeño tocadiscos y a escuchar a Los Relámpagos del Norte, de Ramón Ayala y Cornelio Reyna, a los Hermanos Carreón, a Jhony Laboriel con los Rebeldes, y sin duda a Los Apson de Frankie y Polo, vocalistas, de quienes se me quedaron grabadas dos canciones Fue en un café y El último beso. Ahora me lo explico. Estas cuentan dos historias, quizá inconscientemente por eso se me quedaron fijas en la memoria.
6
En el patio de la casa se jugaba a la lotería y a las escondidas. Al trompo y al futbol en la calle. Del trompo yo era espectador. Del futbol me metían a lo último ya solo para completar. Así que andaba yo deambulando de un lugar para otro y la pelota me era inalcanzable, ajena. Ay, Dios, mi padre. Pero yo corría de todas maneras. Los dos mas grandes iban escogiendo los jugadores de manera alternada, Y siempre yo era seleccionado a lo último. Como dicen, en fin, la hipocresía. Pero eso no me traumó, ni mucho menos. Me gustaba mucho jugar a las cebollitas. Donde sentados en fila un niño, alternados con una niña se abrazan por atrás, el primero a un árbol, y los que no están formados jalan al último, como cortar una cebollita. Yo estaba abrazado siempre a María con sus trenzas de oro.
7
Lo que sí me daba cuenta es que yo era callado, muy callado, y había compañeros que hablaban mucho, de un tema brincaban a otro casi sin respirar. Eso era un enigma que fui resolviendo poco a poco con la lectura. Los otros a hablar, yo a leer.
8
El primer día de clases, ya de casi siete años (soy de noviembre, escorpio para más señas), mi padre me llevaba, cuando al pasar por la iglesia se encontró a mi tío Nacho (primo de mi abuelita materna), y le preguntó que a dónde iba. Mi padre, ufano, le contestó que a la escuela a "llevar a Toñito en su primer día de clases". El tío de barba, como en los tiempos de Cristo, que además era de los apóstoles en Semana Santa, y que le lavaba los pies al cura, le responde soberbio y casi sabio en su modo de ver las cosas: "y para que lo llevas, si allí solo aprenden cosas del diablo". Mi padre no le respondió. Y a mí se me quedó grabado desde esa edad, seguro que el tío de sesenta años estaba rotundamente equivocado.
9
El callejón era de tierra. Todos los vecinos nos conocíamos, Había un respeto entre todos, que jamás vi un pleito entre los adultos. Lo mismo convivían los católicos con los testigos de Jeovha o De los Santos de los últimos días. Si bien no eran tan amigos, pero sí buenos vecinos todos ellos. Mi madre católica, nos llevaba a misa. pero no católica del fanatismo, sino una creyente por tradición. No estaba metida en las actividades de la iglesia más que a misa, ni tampoco se ponía a rezar todos los días en la casa. Ni figura de santos había.
10
Si acaso un cuadro de esos que venden en reproducción barata, no ubico ahora bien el autor, pero era de los pintores del renacimiento, donde se ven filas de personas que ya muertas van en camino unos hacia el infierno y otros al paraíso. Al final se alcanza a ver fuego y llamas, personas en perol y vigilante un diablo con tridente. Y al final del otro, personas que llegan a un lugar apacible con ángeles tocando con trompetas como interpretando música de bienvenida al gozo eterno
11
Yo no fui de los de preescolar. Pero llegué sabiendo leer y escribir gracias a uno de mis hermanos mayores, Chencho, quien me enseñó sin saber de métodos pedagógicos, solo estudió la primaria. pero tenía gran amor e inteligencia para la enseñanza. Y ya desde los primeros años de primaria me gustaban tanto las lecciones de historia, como los poemas y cuentos del libro de lecturas de la materia Español. Y creo que eso hizo la diferencia en mi vida.
12
En esa niñez, no teníamos el concepto de pobreza, ni conciencia de ser especie humana. Eso lo fuimos aprendiendo en los libros. Nos dedicábamos a hacer mandados a los vecinos, y nos daban de recompensa unos centavos para comprar dulces. Y yo esperaba con ansia los días que mi papá regresaba con la nueva edición de las revistas que compraba: Memín Pinguín, Lágrimas y Risas, donde me enamoré de María Isabel y Rarotonga. Eso sí. Cada tarde venía con una bolsita que era de pan o frutas.
13
Vagamente me acuerdo que mi papá amarraba cerca de la cama, al alcance de mi mano, una bolsa con dos panes. me dice que dormido yo estiraba mi mano, tomaba una pieza y como ratoncito se escuchaba mi masticar dormido. Una ocasión escuchó que yo me quejaba. Asustado pensó que me había pasado algo. Me revisó, y sí, mi dedo anular estaba super hinchado. Como antiguamente en las tiendas había en exhibición para venta un cartón con pequeños chicles Adams que tenían premios. Yo compraba pero nunca me saqué el premio más vistoso. Una vez gané un anillo de cobre y me lo puse, solo que me quedaba apretado y ya no me lo pude sacar. Así como por unos tres días. Hasta que mi quejido despertó a mi padre y en la madrugada logró cortarlo con una pinza.
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