Extrañar ya la vida que en un futuro no tendremos

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Extrañar no es un verbo extraño. Solo que está emparentado con el recordar en la acepción de la nostalgia. Se me ocurren las diferencias y coincidencias. Recordar es sacar del fondo del pozo de la memoria algo del pasado a la superficie, para tenerlo a la mano. Cuando se recuerda con nostalgia es que quisiéramos volver a vivir ese episodio de nuestra vida, volver a esos lugares donde nos quitamos, donde nos pasaron cosas buenas, comimos delicioso con el sazón de madre o abuela, algún gustito que nos hacía; volvemos a pasar por los sentidos aquel arroz con leche, aquéllas albóndigas, aquella capirotada.

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Extrañar es algo distinto, aunque sea del pasado. No es nostalgia. Es sentir el dolor con gozo de la ausencia nuestra en algunos lugares, valles, montañas, playas. Es querer sentir el abrazo de la madre o el padre. Es revivir en todo nuestro ser, cuerpo y alma algún hecho del pasado que nos fue maravilloso, que nos hizo saltar de alegría, poner la mirada más boba, la sonrisa más espontánea, la que se origina en el alma. Extrañar es sentir que parte de uno ya no está. mas. Como el que perdió o ganó un juego, no extraña el juego en sí, sino a la o las personas amadas que lo vieron jugar. O los paseos de niño de la mano del padre, o de adolescente las idas al cine acomodados en la parte oscura.  

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Uno debe hacer ejercicios de memoria. Dicen. Es para prevenir un futuro y fulminante Alzheimer. Eso dicen. Yo lo hago constantemente al leer y escribir. Y cuando me siento a recordar los títulos y alguno versos de canciones que me sé: Contigo aprendí; Cuando calienta el sol; Que la chancla que yo tiro (Creibas que no habría de hallar... tan alelo lo hallé ...etc), Sábado Distrito Federal o a qué le tiras cuando sueñas mexicano; Cariño verdad; Las pequeñas cosas, y pare usted de contar. Son buenos los ejercicios de memoria. Los que se saben la tabla periódica de los elementos, repitan conmigo: Hidrógeno, Helio, Litio, Berilio, Boro, Carbono, Aluminio Silicio...

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Yo extraño los ensayos de la rondalla en la Normal. Un tiempo la dirigió Alberto Ortega. Otro tiempo Cristóbal Maldonado. Los ensayos eran tres días a la semana después de la salida de clases que era a las 9 pm. Me acompañaba mi novia. No escribo su nombre para que no le cause disgustos. Yo cantaba en el grupo y ella me miraba. Nos mirábamos pues, aunque algunas canciones eran de amor y otras de desamor. Y a la salida nos íbamos caminando por toda la calle sexta para dejarla en su casa. Seguíamos platicando, si hacía frío nos quitábamos el frío, nos despedíamos y de allí me iba a mi casa, ya extrañándola, creo que por el frío que hacía en esos días de enero febrero y marzo. 

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Extraño los mediodías cuando acompañaba en vacaciones a mi padre en su trabajo, y a la hora de comer, donde bajo unos olorosos limoneros, altos nogales o chaparros arces nos disponíamos a comer o bien lo que mandaba mi madre de lonche, o las ocasiones pocas en que nos servían en algunas casas, en sartenes u ollas grandes, donde podíamos comer al doble porque era en abundancia. Y además nos servían un postrecito, fuera dulce hecho en casa o pedazo de pastel.

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Sí, extraño las idas al cine Popular con mi padre, que íbamos entrandocuando ya estaba sonando la Marcha a Zacatecas, previas canciones de Lorenzo Montemayor, como señal de que ya iba a comenzar la proyección del Tunco Maclovio o alguna de La india María. Allí vi asimismo Casablanca, con la bella Ingrid Bergman y el talentoso Humprey Bogart y Los girasoles de Rusia, con la guapa y voluptuosa -ahora lo sé- Sophia Loren. Compraba mi padre refresco y semillas tostadas de calabaza con sal, que despicábamos mientras veíamos el movimiento en la pantalla.

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Extraño el sonido del silbato del afilador y del cartero. Ya lo he dicho en otras ocasiones. El del afilador nos acompaña desde la infancia. Pasaba cada mes. Ya tenía sus rutas y periodicidad. Y salía nuestra madre y vecinas con los cuchillos a que el afilador hiciera su trabajo. Nosotros de niños mirábamos dar vuelta a la manivela que hacía dar vueltas a la piedra y gozábamos ver saltar las chispas en esa fricción como del amor ue viene desde la edad de piedra esa transición entre esta y la de los metales. Era la verdadera chispa de la vida. Y el sonido del silbato del cartero, que cuando niño se detenía frente a la casa para entregarnos cartas de los tíos de mi padre, y de adolescente me llegaban algunas cartas de amor. Ahora solo nos llegan carta de la banca y los comercios que dan a crédito.

Extraño los entrenamientos en el parque del Laguito en Matamoros, entre los 16 y 20 años cuando a las 5:30 am ya andábamos haciendo ejercicio un grupo de amigos y amigas de la normal que buscábamos quedar seleccionados en el equipo de atletismo unos, y otros poradquirir mayor condición en los deportes que practicaban entre el futbol, basquetbol y voleibol. Aprovechábamos la sombra, lo fresco, la calidad del aire que mejoraba al rosar los altos pinos y sauces, y que al terminar nos quedaba la sonrisa de satisfechos por el esfuerzo y la motivación de la ruta seguida hacia la clasificación persona en el equipo de atletismo. Por allí andaban varios, mi memoria dañada por la edad recuerda pocos: Mario Alberto Martínez y Jahuey Ríos.

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Añorar tiene su parte en los recuerdos. la importancia de todo ello, ni se diga. Tanto los recuerdos como tales, claros y visibles desde el interior. Los recuerdos de la nostalgia, lo mismo. Pero más allá de ellos, resaltan los que motivan a extrañar. Yo, por ejemplo, tomo café y lo disfruto. Pero añoro las mañanas cuando yo de visita en la casa tomaba café o atole con mi madre en las mañanas frías de invierno, ella y yo solos en la cocina, poniéndonos al día de los sucesos sociales (chismeando) acontecidos en los vecinos o familia. Hay ausencias de mucha presencia. 

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Y de seguro Serrat sabía como experto de todo eso, se nota demasiado en dos de sus canciones: Soneto a mamá (no es que no vuelva porque te te he olvidado, sino es que perdí el camino de regresó, mama); y "Las pequeñas cosas", que nos arrastran allá o aquí, que te sonríen tristes y  nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve." Armando manzanero tiene dos canciones, entre varias: "Esta tarde vi llover" y "Te extraño", como se extrañan las noches sin estrellas, dice.

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Mas en eso de extrañar yo he llegado a la conclusión, en esto de amar mucho la vida, la de lo cotidiano, la de los sueños y anhelos, la de las utopías y sonrisas, la de alcanzar una estrella, la de mirar la luna y amar la poesía y la música, las artes en general, la de las charlas con sonrisas, la de los guiños y tardes de café, la de las carnes asadas, que ya empiezo a extrañarla sabiendo que un día no estaré más en ella (la vida),

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