La conciencia del yo


Conciencia y el "yo"
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Estaban en la clase de Introducción a la Filosofía (Filos y sofos, amigos y sabiduría), y el tema era el "yo". Luego de escuchar con atención al maestro, un alumno flaco y pálido, preguntó: "en síntesis, qué es el 'yo', maestro?" Este levantando la mirada responde con otra pregunta: "¿quién hizo la pregunta?". Y el alumno respondió "yo, maestro".
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Entre tantos años en interacción educativa con alumnos de primaria, secundaria y padres de familia, amén de otros espacios donde laboré, de pronto, y en muchas ocasiones me han preguntado sobre la conciencia. Y mis respuestas han girado sobre saber uno mismo lo que es y lo que representa en el concierto de la vida. Amar por sobretodas las cosas.
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Por supuesto que en cada etapa de mi vida a lo mejor pulía mi definición de conciencia, y seguramente que cuando esté en mi lecho de muerte, que espero falte aún mucho, y teniendo la posibilidad, habría de mejorarla. Lo cierto es que de niño no tenía conciencia, solo la necesidad de jugar. De adolescente, lo mismo, no la tenía, pero sí la necesidad de amor y amistad. Solo que en algún momento entra un rayo de luz ¿y eso cómo es?, ¿cómo sucede? Y nos damos cuenta que existimos, somos, pero no en función de tener, sino en función del ser.
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El ser humano sin conciencia es como un animalito (sí, racional, pero animalito al fin), no importa la edad que tenga uno. Individuo de una especie, ser vivo. Sin conciencia navegamos en la vida sin brújula, sin timón (lo dije antes), sin plan, sin estrategia; y las cosas nos salen bien o mal, indistintamente, según las circunstancias, nuestro humor, nuestra relación con los demás, pero como si fueran al azar. No hay casualidades, hay causalidades.
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¿Qué es el yo?, ¿qué la conciencia?, ¿qué el espíritu?, ¿qué la materia? Todas esas preguntas nos las debemos hacer. No importa en la edad que sea. Y responderlas, no en función de lo que percibimos por los sentidos, sino con los conocimientos de otros, de generaciones anteriores (leer, pues) que los han ido acumulando en una especie de pirámide, hasta donde podemos ascender mediante el estudio y la reflexión.
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Pero digamos la conciencia de ser humano, es sabernos fugaz en la vida, de que no necesitamos muchas cosas materiales para vivir, que acumular no da la felicidad, que esta no es un estado definitivo y permanente, sino momentos fugaces, instantes tuyos y míos, que tenemos un cuerpo que será polvo, que disfrutamos el café, porque toca un sensor nervioso de nuestro sistema y lo estimula, etcétera.
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Tener conciencia y desarrollarla, no es sencillo ni fácil. Pero no es complicado ni imposible, y por tanto, tampoco es tan difícil. Solo que hay que desarrollarla. La reflexión es parte de ello, junto con el análisis, la antítesis y la síntesis. Todo lo anterior debe de enseñarse desde la escuela de preescolar, pasando por la primaria, secundaria y preparatoria. Pero no se hace. El Plan y los Programas de estudios solo se enfocan al acumulamiento de conocimientos, cuando no al adocrtimaniento de los sometidos (los pobres, los marginales, los nadie, más la clase media), para que continúen en ese aletargamiento. No pensar es la divisa contra la contraria, que es pensar. Se vota a ciegas, y por los mismos de siempre sea por dinero o porque andan camuflajeados.
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La conciencia en desarrollo, es el estado ideal del ser humano. Le permite aprender de sí mismo y del entorno. No cree las mentiras evidentes (¿evidentes para quién?), tampoco cree en las verdades absolutas. Detecta lo falso a leguas de distancia. Y se enfoca por analizarlas, para poder diseccionarlas. No para explicarlas a otros, sino para comprenderlas a cabalidad y callar si es necesario o hablar, si es necesario también, pero sobretodo para no votar por el mentiroso, por el falso, por el trhúan, por el ladrón.
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La conciencia le permite al ser humano alejarse de la demagogia, de los fanatismos, de la manipulación, de los mitos oficiales, de los mensajes subliminales, de la cultura del kitch, de los lugares comunes, del consumismo deformador y estéril, del servilismo a ultranza, del capatazgo como forma, del odio como sistema, de la destrucción y la guerra como banderas. Le permite alejarse del café en polvo, de la carne de harina, de la prostitución en las ideas, de la sonrisa falsa, de la necesidad como forma de control... y así puede uno seguirle.
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Una de las maneras de reconocer al ser humano con conciencia es en el concepto de ciudadanía. ¿Qué es el ser ciudadano? Esa era mi pregunta hace unos veinte años cuando llegaba a platicar en las comunidades, y lo hacía lo mismo en las asambleas de padres de familia. Y la respuesta casi en coro era el "llegar a los dieciocho años". Y mi aclaración es que a esa edad solamente nos daban una credencial IFE antes, INE ahora, para constatar que éramos mayores de edad, y por lo tanto responsables de nuestros actos ante la ley. Pero que había personas que ni en toda su vida lograban alcanzar el estatus de ciudadano. Este es el que se interesa por los asuntos públicos, el que no es indiferente ante las necesidades de grupo, el mantenimiento de la escuela, del camino, del centro de salud; el que no es indiferente ante las gestiones por realizar para mejorar las condiciones del entorno comunitario en el que vive.
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Precisamente esa es la conciencia: el saber que se es humano, que formamos parte de la naturaleza (nuestra casa y causa común); que no somos indiferentes ante la corrupción, ante la inflación, ante el sufrimiento de millones, ante los baches de fuera de nuestras casas, ante la hierba crecida en los parques de nuestra colonia. La conciencia del juego cuando niños, con la pasión infantil que se le pone; la conciencia de ser humano y el alcanzar ser ciudadano y ayudar a resolver en lo colectivo lo que nos corresponde. Sí, la conciencia de la pasión por la vida.

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