Amen
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Me encanta cuando al escribir el final de una oración, o como respuesta, la feligresía responde "Amen", en lugar de Amén. Nótese que una es con acento y la otra no. Cuando yo la escribo, por supuesto que adrede la escribo sin acento, en referencia a decirles que se activen en ese verbo divino. Y ya en tono imperativo le agregaría los signos admirativos para que se note más la intencionalidad para que diga ¡Amen!. Y entonces sí. Aunque recuerdo que el perfecto escritor Borges señalaba, si mal no recuerdo, que solo dos verbos no requieren del imperativo, o sería un despropósito utilizarlo. Y esos son amar y leer.
2
Amar a los padres debería ser normal. O para la gran mayoría es normal. Me refiero por parte de los hijos. Yo amo los míos. Ahora en su memoria. Así que de vez en cuando me visitan en los sueños. Anoche fue uno de ellos. Estábamos viviendo en una casa del maestro. Ya de noche, mis padres durmiendo, yo a punto de quedarme dormido. Y me cambié a acostarme a una habitación desde donde se miraba la carretera. Por los datos que me dieron las imágenes del sueño, la escuela era la primaria de San Lorenzo en Jalpa, que tenía o tiene Casa del maestro, donde vivieron varios años el maestro Moranchel y su familia, donde fue director William Cabrera Fuentes, y donde trabajé dos ciclos escolares (1981-1983).
3
Ya semidormido, alcancé a ver que una camioneta se estacionó frente a la escuela, casi por el portón. Luego la acomodaron con los faros encendido para alumbrar el plantel. Yo imaginé que eran ladrones. Alcancé a ver que frente al portón estaba un individuo con camisa roja, pantalón negro (colores de huelga, reflexioné). Pero podría ser alguien que pidiera ayuda, quizá un neumático ponchado, quizá necesitaran gasolina. Esto en el mejor de los casos. Pero por si las dudas, sin poder despertar del todo, ni poder levantarme, aún con intentos, cogí un palo largo, como de tendedero de ropa que estaba junto a la mano, para defenderme en caso de ataque. "¿Qué desea?", hacía yo el intento de preguntar, pero no me salía la voz. Y me concentré para dos cosas. Para levantarme y me viera blandiendo el palo largo y me saliera la voz. En ese momento me caí de la cama y desperté.
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Mis padres no se dieron cuenta en el sueño. Así son los sueños. Van de una situación otra. Y mezclan personajes reales con ficticios y se mezclan vivos con muertos que en el sueño están vivos, pero en la realidad ya muertos, como mis padres. Aclaro que ellos siempre están de buen humor en la vida de los sueños, a como eran en la vida. Me abrazan. Me platican. Sonríen. Mi padre me guía. Mi madre acaricia mi cara. Recurrente es el sueño de cuando camino en sueños con mi padre por las calles donde él fue jardinero, y de niño yo en vacaciones le acompañaba a trabajar, aunque solo al principio me gustaba, y ya después nadita.
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Amée en términos conocidos significa "así sea", así es", y en otros contextos significa "es verdad", "ciertamente". Es una especie de confirmación de lo que se dice en la oración. Es decir, que estamos de acuerdo. Y no menos puede significar sin acento el "amen", como decir que en verdad necesitamos amarnos unos a otros. Una existencia de buena fe, de acuerdos, de mirarnos, de colaborar, de entendernos, de contribuir. Así sea entre amén y amen.
6
Una de las formas de amar es perdonar. O uno de los requisitos es precisamente otorgar perdón, y por qué no, pedirlo. No es fácil. Las más de las veces lo impide el temor y el orgullo. ¿Pedir perdón a un patán? ¿Pedir perdón a un hermano? ¿A los padres? ¿Pedirle perdón si ya están muertos? Solo que si no perdonamos o pedimos perdón, va a ser muy difícil transitar en mejores condiciones emocionales. ¿Quién debe pedir perdón: el que ofendió o el ofendido? Seguro que la respuesta de la mayoría será que el que ofendió debe pedir perdón. Solo que este a veces ni sabe que ofendió. Y por lo tanto no va a dar su brazo a torcer. Sea por orgullo, por falta de valor, o por ignorar que ofendió.
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De entrada no te asustes. Si estas consiente que ofendiste, vuelve sobre tus pasos, acude ante tu directamente ofendido, y pídele humildemente perdón (esconde tu soberbia). Pero que no sea pose, que de verdad lo sientas. Lo contradictorio del caso es cuando te ofendieron y el canon de la sicología te indica, que aún así debes ser tú el que pidas perdón. No te aflijas. que no te dé vueltas la cabeza tan pronto. Primero te cuento lo siguiente. Conocí al colombiano sicólogo Armando Reyes, un caballero en toda la extensión de la palabra. Por acá anduvo en Tabasco en 2017 o 2018. Nos hicimos amigos. Dio talleres sobre el tema enfocado a lo educativo. Y ofreció libros en venta.
8
En los temas del taller uno de ellos fue precisamente el "perdón". Y aquí es donde empieza lo bueno. Nos contó que en una ocasión una paciente de unos 45 años llegó a consulta. Se odiaba con su padre. Y desde su adolescencia no se hablaba con él. Y por tanto no se visitaban. ¿La razón? Le contó ella que el odio a su padre se originó porque ella nació mujer y el padre quería niño. Y que desde la infancia y adolescencia a la menor provocación, el padre lo decía. "Hubieras nacido varón, y no mujer". Por supuesto que esto la hirió, y siempre la lastimaba. Hasta que ella dejó la casa y nunca más volvió.
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"Volverás a tu casa y le pedirás perdón a tu padre", le sugirió como remedio el sicólogo a la paciente. ¡Pero cómo!, si fue él quien me dañó con su vil actitud siempre de reprocharme que hubiera nacido varón!", se quejó ella. "¿De qué le voy a pedir perdón?" Irás a su casa. Él se va a sorprender. No se imagina ya viejo y cansado que vas a ir a visitarlo. Le darás un abrazo y le dirás: "Padre, te vengo a pedir perdón por no haber comprendido nunca tu forma de pensar de querer naciera hijo y no hija a como fue". Y él al escucharte va a llorar y te va abrazar fuerte, emocionado. Ve y me cuentas. Y cierto, al mes volvió la paciente a contar entre lágrimas que ya se habían reconciliado y que Gad semana lo visitaba y platicaban largamente.
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No. No es fácil. Recordemos que el tema es el perdón. Y que de manera fácil lo enfocamos a que nos pida perdón quien nos ofendió. Pero avancemos más aún. ¿Ya nos perdonamos a nosotros mismos? ¿Ya dejamos de flagelarnos por los errores cometidos en la vida? Es muy probable que de niños y más de adolescentes no aceptáramos nuestro cuerpo o partes de él. Nos abochornaba la estatura, la falta o sobre de peso, el cabello ondulado o muy lacio, la nariz chata o gancho, el pie corto o muy grande. O nos avergonzaba el trabajo del padre o nuestra amdre, su forma de hablar, etc. Precisamente es por donde debemos de empezar por perdonarnos a nosotros mismos.
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Para amar, amarnos.
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